Mi calle de Jesús


Conocer aquella calle de Jesús

Mi finca y todo "nuestro pedazo de la calle" era la avanzada a la que llegaban los primeros efluvios de la huerta cuando las flores de azahar abrían sus pétalos. Mi calle de Jesús, estaba cerca del campo y cerca de la ciudad.

Yo tuve un compañero de trabajo que me decía que para el un sitio ideal para vivir era una casa que al despertarse por la mañana pudiera ver el campo por la ventana pero que, si salía por la puerta de atrás, se encontrara frente a una ciudad con todas sus ventajas. Nosotros teníamos eso en mi calle de Jesús.

La calle de Jesús es una de las arterias principales de la ciudad. Discurre paralela al antiguo camino romano (hoy en día la calle de San Vicente) y es de las más largas y rectas de esta maravillosa y querida ciudad. Su principio se encuentra a pocos cientos de metros de la Plaza del Ayuntamiento y termina, recta como un tiro de piedra, en el Mercadito de Jesús.

Mi calle de Jesús era la misma de ahora, pero tenía poco que ver con la actual. Era tranquila, a lo largo de ella cada tramo era una especie de pueblo indepen-diente. Todos tenian su nom-bre, "la estacioneta", otro tra-mo "la finca roja", "el mer-cadito", etc... cada uno formaba un pequeño pueblo en que todos nos conocíamos y nos apreciábamos. Verdaderas familias que reñían y hacían las paces, se criticaban y se pedían perdón. No existían los programás de cotilleo porque de eso, ya se encargaban (sin cobrar) las cotillas oficiales del barrio.

Nosotros éramos La Estacioneta porque justo enfrente de mi casa estaba la estación de Jesús, ferrocarril de vía estrecha que comunicaba Valencia con todos los pueblos de La Ribera. Actualmente estos ferrocarriles han sido sustituidos por el metro.

Mi calle de Jesús la cruzaba (y la sigue cruzando) la Avenida de Giorgeta, llamada de este modo en honor de Cesar Giorgeta, que fundó y dio trabajo a mucha gente con las famosas (en su tiempo) Tintas Samas.

Un poco más hacia el centro de Valencia está, en mi calle de Jesús, la famosa Finca Roja y en dirección contraria, terminaba en el mercado y Patraix.

Otras empresas que delimitaban nuestro entorno era la fábrica de tableros Vilarrasa y la de lámparas y muebles Mariner.


Pepita Oltra Mollá y Carmen Oltra Mollá

Nuestra finca sobresalía de las demás porque se construyó unos meses antes de que se declarara la calle arteria principal y por lo tanto tuviera un ancho mucho mayor.

Cuando yo era pequeño, al lado de mi casa todavía era campo y veía al labrador con su "aca" cultivándolo, a lo lejos aun se distinguía el mar y por la galería las estribaciones de las sierras valencianas.

Los barberos oficiales eran los Jordis, uno de ellos llamado "el roxet" por su pelo colorado y su tez rubicunda. De el se decía que se había apostado con alguien que era capaz de comerse un "moñigo" (excremento de caballo) y que había ganado la apuesta.

Por cierto que en cuanto se oían los cascos de un caballo, nuestras madre nos enviaban inme-diatamente a recoger los "moñigos", porque era un fertilizante estupendo para las plantas.

El tío David era el propietario de la "botijeta", pequeña tienda de comestibles donde podías comprar desde el aceite hasta las manzanas.

Recordemos que entonces el aceite no estaba en botellas, tu tenias que llevar la tuya y pedías un litro o medio o lo que necesitaras. El tío David daba vueltas a una manivela y veías como un contenedor transparente se llenaba del líquido dorado. Después giraba la manivela en sentido contrario y poniendo tu botella debajo de un grifito iba trasvasándola de un recipiente al otro, pagabas y te llevabas tu aceite a casa. Eso si, más puro y virgen no se puede comprar hoy en día.

Otro lugar de reunión era, naturalmente, la carnicería de la Señora Carmen y del Señor Estanislao, los padres de mi novia de 5 o 6 años. Recuerdo que tenían un mostrador altísimo y te servían desde considerable altura. No se si sería así o yo lo veía entonces agigantado por mis pocos años.

El resto de pequeños comercios lo formaban el Bar Sol, una imprenta, la imprescindible farmacia y el colegio donde estudiamos los "cagones".

Este era el entorno de mi querida calle de Jesús en la que vivimos, nos hicimos adultos, soñamos, y en la que todavía la gente tenía honor y dignidad. Un lugar en donde dejabas las puertas abiertas y si había un problema, todos los vecinos ayudaban. Un lugar que yo hubiera querido para mis hijos y que, lamentablemente, al no conocerlo las actuales generaciones no solamente menosprecian sinó que, en muchos casos, pretenden contarnos nuestra historia que dicen conocer mejor que nosotros.

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